Santo Sabás Reyes

Celebración, vida, obra y oración de Santo Sabás Reyes

¿Cuándo se celebra Santo Sabás Reyes?

Santo Sabás Reyes es un Santo cuya celebración se realiza el 13 de abril. Normalmente los Sabás suelen celebrar su santo el día 5 de febrero, que es el día de San Sabas el Joven.

¿Cuándo nació y falleció?

Santo Sabás Reyes nacio en Cocula, Jalisco, en México. Falleció en Totoclán, Guadalajara, en México.

¿Quién fue Santo Sabás Reyes?

En la aldea de Totoclán, en la región de Guadalajara, en México, San Saba Reyes, presbítero y mártir, que, por Cristo Sacerdote y Rey del Universo, fue ejecutado durante la persecución mexicana.

Sabás Reyes Salazar nació en Cocula, Jalisco, el 5 de diciembre de 1883, hijo del señor Norberto Reyes y de la señora Francisca Salazar. Fue bautizado el mismo día en el templo parroquial.

Por la extremada pobreza de sus padres, para mitigar el hambre y la desnudez, desde niño trabajó de papelerito voceador de periódicos en Guadalajara y mal pudo concluir la instrucción primaria. Una salud frágil y una limitada capacidad intelectual fueron las secuelas de tantas carencias.

Siendo adolescente, ingresó como alumno del Seminario de Guadalajara, en donde, según los criterios de la época, sus cortas facultades en el campo del saber lo descalificaron para ordenarse clérigo en Guadalajara. El joven seminarista Sabás Reyes acababa de terminar, en junio de 1911, su cuarto año de Teología; entre sus condiscípulos de este año destacan los minoristas José María Robles Hurtado (futuro Santo Mártir); José Garibi Rivera (futuro Arzobispo de Guadalajara y primer Cardenal mexicano) y Ramón González (ejecutado en Guadalajara en 1928).

Sin embargo, teniendo en cuenta su noble índole, el padre rector le sugirió que buscara ser admitido en una diócesis necesitada.

Humilde y constante en su vocación, el seminarista Sabás fue recibido en la Diócesis de Tamaulipas, donde recibió las órdenes sagradas. En la Navidad de 1911, el diácono Sabás Reyes fue ordenado sacerdote por el Obispo de Tamaulipas. En el templo de Nuestra Señora de Belén, en Guadalajara, el día 6 de enero de 1912 celebró su Primera Misa el sacerdote Sabás Reyes Salazar. Por dos años ejerció el ministerio sacerdotal en Tantoyuca, Veracruz.

En 1914 se desató la persecución religiosa en el Estado de Tamaulipas, el Padre Sabás pidió permiso para trasladarse a la diócesis de Guadalajara y, una vez autorizado, prestó sus servicios ministeriales en San Cristóbal de la Barranca, Plan de Barrancas, Hostotipaquillo y Atemajac de Brizuela; todas estas poblaciones pertenecientes al Estado de Jalisco.

En el año de 1919 pasó a la parroquia de Tototlán, Jalisco, para colaborar con el señor cura Francisco Vizcarra Ruiz, primero como capellán de la hacienda de San Antonio de Gómez y después en 1921, fue trasladado a la cabecera parroquial.

Cuando hubo de suspenderse el culto en los templos de la república, el párroco de Tototlán se retiró del pueblo y quedó al frente el Padre Sabás, con el encargo de administrar los sacramentos.

El Padre Sabás durante su estancia en Tototlán, recuerdan los pobladores, les dio asilo en su propia casa a los niños huérfanos. La Señora Francisca Rodríguez, quien vive en Ocampo No. 48, en donde vivía el ahora Santo, recuerda que por ser la hija mayor, a ella la llevaba su papá, don Anastasio Rodríguez, a rezar el Rosario a la casa del Padre y que con motivo de la concentración de las personas en las ciudades grandes, el día en que iban a salirse del pueblo, su papá le dijo al sacerdote que se fuera con ellos, que lo pondría en su trabajo para que nadie se enterara de quién era, pero su respuesta fue negativa:

«No, ¿y mis muchachos?», dijo refiriéndose a los huérfanos que vivían con él, y aunque le insistieron que dejara el pueblo y saliera de ahí con todo y sus muchachos, no accedió.

Por los frecuentes combates entre los soldados del gobierno y los defensores cristeros, tuvo que ocultarse el Padre Reyes, y cuando los vecinos le sugerían que mejor se fuera de Tototlán él contestaba:

«Tengan fe. A mí me dejaron de encargado y no sale bien irme. Dios sabrá… Me ofrecen ayuda en otras partes, pero aquí me dejaron y aquí esperamos, a ver qué Dios dispone».

El 11 de enero de 1927, mal informados de que había en Tototlán más de dos mil cristeros armados contra el gobierno, llegaron las tropas federales, atacaron a la población y mataron a once vecinos pacíficos, hombres, mujeres y niños. Además profanaron el templo, ocupándolo para meter sus caballos y destrozando las imágenes. A los pocos días la tropa del general Juan B. Izaguirre le prendió fuego al templo parroquial, pero cuando se fueron los soldados, el Padre Sabás y los vecinos acudieron a apagarlo.

Naturalmente que los defensores del templo, de inmediato quisieron ir a quemar el palacio municipal, pero el Padre Reyes los detuvo argumentándoles que eso era proceder de bárbaros, cosa que los convenció desistiendo de sus negras intenciones.

De nuevo llegó el ejército a Tototlán el 11 de abril de 1927, cerca del mediodía. El Padre Sabás se refugió en la casa de la señora María Ontiveros, que les abrió sus puertas a él y a sus acompañantes, el joven José Beltrán y los niños Octavio Cárdenas y Salvador Botello.

Desde ese momento, sintiendo el peligro, empezó a rezar muchas oraciones y continuó haciéndolo por la tarde y en la noche. Sentía gran tribulación, e invitó a los que estaban en la casa a que de rodillas oraran con él, mientras con lazos se disciplinaba él mismo.

Por la mañana del 12 de abril de 1927, los soldados entraron a la casa del Padre Sabás y quemaron varias de sus pertenencias en un cuarto en donde celebraba las Misas. Amenazaron con ahorcar a la señora María Mendoza, quien atendía en la casa al padre y a sus huérfanos, y ella, asustada, les dijo en dónde estaba escondido el Padre Reyes, por lo que fue apresado en una casa cercana ubicada en Morelos No. 47.

A las once de la mañana, dando fuertes golpes a la puerta, llegaron los federales a la casa donde se encontraba el Padre Sabás, la dueña de la casa negó que ahí estuviera. Los soldados, enfurecidos y bien armados, entraron hasta el patio gritando: -¿Dónde está el fraile?

El Padre Reyes salió del traspatio y dijo: «Aquí estoy, ¿qué se les ofrece?»

Al momento lo amarraron con una soga, atándole los brazos fuertemente por la espalda. El Padre Sabás les preguntó:

-¿Yo qué debo, por qué me amarran, qué mal hice?

Pero los soldados le dijeron que con ellos no se arreglaba nada, sino con el general; y se lo llevaron preso en compañía del joven José Beltrán.

Mientras caminaban hacia la iglesia parroquial, convertida en caballeriza y cuartel general de los soldados, le decían: -Fraile, pero ya agarramos al cura Vizcarra, que es el jefe de toda esta revolución, y ya verán cómo le va.

Cuando un vecino del pueblo les advirtió que el Padre Sabás era inocente y que había impedido que quemaran el Juzgado, ellos contestaron: -No importa… hay que matar a todos los frailes y a todos los que andan con ellos.

Por orden del jefe militar lo ataron a la columna del pórtico del templo. Estando así durante varias horas, con la soga apretada al cuello y los brazos amarrados hacia atrás, bajo los inclementes rayos del sol, les pidió varias veces le dieran agua porque tenía mucha sed, pero no lo atendían. Ya muy tarde les dijo de nuevo:

«Ya no puedo alcanzar de ustedes otras cosas, ¿ni este favor de que me den agua puedo alcanzar?», y un soldado le llevó un poco de agua, que con mucha dificultad, por lo apretado de las ligaduras, intentó beber.

El Padre Sabás oraba constantemente. José Beltrán, que también estaba atado cerca en otra columna, sintió mucho temor y se lo manifestó al padre, por lo cual él le dijo repetidas veces a los soldados:

«Dios sabe que nada debo; pero todavía si de mí algo temen, a este muchacho no le hagan nada, porque no tiene ninguna culpa».

Después de un rato le dijo:

«No te asustes, José, ten ánimo. Dios bien sabe que no debemos nada; pero si algo nos pasa, ya sabes que allá tendremos nuestra recompensa; rézale al Señor de la Salud, aunque estoy seguro que a ti nada te pasará». A poco rato soltaron al joven y quedó con vida.

José Beltrán, el más grande de sus huérfanos, heredó el inmueble en el que vivió el Padre Sabás. Esa casa ya ha sido vendida e incluso remodelada, ahora luce una placa con que se recuerda a San Sabás y su martirio. Al parecer sólo queda de ella la imagen de una Virgen de Guadalupe ante la que se hincaba a rezar en vida el Padre Sabás, quien se la obsequió a José Beltrán y ahora se encuentra en poder de su hijo Norberto Beltrán, quien no pudo conocer la historia de su padre porque éste murió cuando Norberto tenía cinco años.

Por más ruegos y súplicas que hicieron los vecinos a los militares y al presidente municipal, José Ventura Trujillo, no obtuvieron la libertad para el Padre Sabás, ni pagando dinero como multa.

El general Juan B. Izaguirre tenía la consigna de capturar al párroco don Francisco Vizcarra y al presbítero José Dolores Guzmán. A la caída de la tarde llevaron al Padre Sabás atado ante el general, quien lo interrogaba:

-¿Dónde está el Cura Vizcarra?

El Padre Reyes no despegó los labios. Varias veces el soldado de guardia jaló fuertemente la soga que amarraba el cuello del Padre Sabás y lo hizo caer de espaldas sobre el pavimento; levantado de nuevo el padre, le pasaba la soga a otros soldados para que le repitieran el ultraje. Pregunta y tortura se repitieron con implacable crudeza hasta donde las fuerzas del mártir lo permitieron.

Los soldados le quemaron los pies con gasolina y para seguirlo atormentando, fueron encendidas dos hogueras con olotes, una próxima a su rostro y otra junto a los pies del reo; entre burlas y blasfemias le metían las manos y los pies en las brasas y en el fuego. El Padre Sabás, entre tanto, musitaba una y otra vez:

«Señor de la Salud, Madre mía de Guadalupe, dadme algún descanso».

Durante la noche se oían hasta el atrio los lamentos fortísimos que el Padre Sabás, sin renegar ni impacientarse, daba dentro de la pieza, que estaba sin techo. El brutal tormento se prolongó hasta las primeras horas del alba. De cuando en cuando, alguno de los soldados le pegaba en la piel un tizón ardiendo y se burlaba:

-Tú que dices que baja Dios en tus manos, que baje ahora a librarte de las mías».

Bajo las inclemencias del tiempo durante la noche, y también durante el día bajo los rayos del sol, en ese mismo cuarto destechado, estuvo el Padre Reyes probablemente sin comer ni beber nada, porque no permitieron la entrada a otras personas.

Indecibles fueron las horas transcurridas, hasta el anochecer del Miércoles Santo; «Tres días duró aquel atroz tormento. Tres días y tres noches pasó el mártir atado a la columna, dolorosamente suspendido… sin comer ni beber, porque las personas piadosas que se acercaban para llevarle agua, fueron rechazadas con insolencia, amenazas y golpes»…

Sólo cuando concluyó aquel bárbaro tormento… fue desatado el mártir, que en cuanto dejó de ser sostenido por las cuerdas que lo ligaban a la columna, se desplomó pesadamente en el suelo. Fue obligado bestialmente a levantarse y a recorrer, con sus pies desollados y quemados, la distancia que media entre la parroquia y el Cementerio. En el Cementerio fue fusilado. Así adquirió al fin la palma triunfal, la corona de gloria que Jesucristo da en el cielo a sus santos mártires».

A las nueve de la noche, del día 13 de abril de 1927, se oyeron descargas de pistolas por el rumbo del panteón, y como los vecinos temían por la vida del Padre Sabás, rezaron por él. Al poco rato un soldado llegó a la casa de asistencia y dijo: «Hombre, me pudo mucho matar a ese cura; ése murió injustamente. Le habíamos dado tres o cuatro balazos y todavía se levantaba y gritaba: ¡Viva Cristo Rey!».

Al día siguiente, 14 de abril, a las siete de la mañana, dos señores vieron el cadáver del Padre Reyes que estaba recargado en la pared, afuera del panteón, ya rígido, con cuatro balazos: dos en el pecho, uno en el brazo derecho y otro en la frente.

El cuello, las costillas y los tobillos con las señales muy marcadas de las sogas; las manos quemadas, el cráneo muy hundido y prácticamente todos los huesos rotos a golpes.

Colocaron el cuerpo en una caja y lo sepultaron, con permiso de los militares, el Jueves Santo por la tarde en el panteón de Tototlán, Jalisco; después sus restos fueron trasladados al templo parroquial de San Agustín, en Tototlán. Todo el pueblo consideró al Padre Sabás Reyes Salazar como un mártir de Jesucristo y como a tal, venera sus reliquias. También le fue colocado un altar en Cocula, su lugar de nacimiento.

El Siervo de Dios Sabás Reyes Salazar fue beatificado el 22 de noviembre de 1992, por el Papa Juan Pablo II, durante el año del Quinto Centenario del Descubrimiento y Evangelización del continente Americano, junto con sus 24 compañeros mártires mexicanos.

El día 21 de Mayo del año 2000, los veinticinco mártires, incluido el Beato Sabás Reyes Salazar, recibieron el altísimo honor de ser reconocidos como mártires y héroes ejemplares para nosotros y para todo el mundo, en una ceremonia presidida por S.S. Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano.

Debemos recibir este gran regalo del Papa con profundo agradecimiento, pero a la vez estos nuevos Santos, sacerdotes y seglares, son también un reto para nosotros. Son de una enorme actualidad para nuestra renovación y reevangelización. Nos enseñan con su ejemplo como debemos vivir el evangelio y piden por nosotros con su poderosa intercesión en el cielo.

«Padre, cuando estabas en el mundo éramos amigos tú y yo; ahora quiero que seas mi protector, que me alivies de mi pierna para poder andar», le reza a San Sabás, María del Carmen Ochoa Ramírez, quien tiene ahora 97 años de edad.Ella es, al parecer, la persona de mayor edad que conoció y recuerda al mártir en Tototlán, pues el año de su muerte ella contaba con 20 años y aunque tenía la suficiente conciencia para recordarlo, ahora por su edad, en su mente retiene pocos detalles, pero suficientes para sentir un gran apego por este Santo.

Rodeada de imágenes, entre ellas fotos originales del Padre Sabás, se mueve con muchos trabajos y admite: «no me ha podido aliviar», manifestando su esperanza de que su amigo Santo lo hará.

Lo recuerda huyendo y confesando en un cuarto de su casa, «era muy buen Padre, muy buen confesor, muy buen predicador, muy bueno en su conducta y quería mucho a los niños».

A San Sabás Reyes, la comunidad de San Cristóbal de la Barranca le agradece la construcción de una Capilla en el Rancho de Mezquitán, y lo recuerda como un hombre sacrificado «porque anduvo por las barrancas» y porque, incluso, fue de los mártires que más sufrimientos tuvieron. Por esta razón una reliquia de San Sabás fue colocada en el anterior baptisterio que fue acondicionado como Capilla del Santo Mártir. En esa ocasión, el Sr. Cura Héctor Cárdenas expresó:

«Considero que será para mayor Gloria de Dios que resplandece en sus Santos, y para bien espiritual de toda la feligresía y de todos los devotos de los Santos Mártires Mexicanos».

Canonización, Beatificación y hechos venerables

Beatificado el 22 de noviembre de 1992 por Juan Pablo II y Canonizado el 21 de mayo de 2000 por Juan Pablo II.

¿Su nombre tiene algún significado?

No, Sabás es un nombre sin ningún significado.

¿Cuál es su nombre en otros países del mundo?

No existen santos relacionados en otros países del mundo.

¿Existe alguna oración específica para Santo Sabás Reyes?

Oración a Santo Sabás Reyes

Santo Sabás Reyes Salazar, que sufriste antes del martirio injurias y torturas por odio a la fe, Ruega por nosotros.

Santo Sabás Reyes